Hay un amor que no es sano, que no es bueno. Puede parecerlo al principio, y puede parecerlo mucho, mucho después del principio. Pero al final uno termina sabiéndolo, que no, que no es bueno. Por eso algunos han preferido no llamarle amor.
En este amor (o no) del que hablo, uno lo da todo. Y todo es todo: cada pensamiento, cada ilusión, cada inspiración y exhalación, cada acto, cada paso... están dirigidos a la persona amada. No sé si en algún momento esto puede ser bueno cuando la persona amada existe, y responde a nuestros deseos... eso no lo sé. Pero cuando no existe, cuando sólo es una idea, un producto de la imaginación (eso sólo se sabe después), el resultado puede ser catastrófico. Descubrir, después de mucho tiempo, que regalaste sin miramientos todo lo que tenía valor en tu vida a un fantasma, es difícil. Es difícil porque fue una traición. Vendiste todos los bienes preciados que compartías contigo mismo al primero que pasaba, sin consultártelo. Y así, la confianza se resiente, y mucho. Y después uno se tira varios años vagando sin rumbo, culpándose, preguntándose qué anda mal, y vacío de todo lo bello que alguna vez tuvo. Y ve cómo eso, lo bello que se tuvo una vez, flota en el aire sin dueño, ya nadie lo quiere, porque ya no pertenece a nadie, y flota lo suficientemente cerca para recordar que fue tuyo, lo suficientemente lejos para saber que no lo será más.
Es posible que haya más formas de traicionarse a uno mismo, pero esa es la que más de cerca conozco. Romper la confianza ya sea con uno mismo o con alguien es muy fácil, recuperarla ya cuesta más, el esfuerzo es al menos el doble que la primera vez. Pero apuesto a que vale la pena.