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viernes, 12 de noviembre de 2010

sábado, 6 de noviembre de 2010

lunes, 8 de marzo de 2010

Canción de la nieve de marzo o el vals del silencio.




Ver caer los copos helados del cielo gris es siempre una especie de milagro para el que se ha criado en un clima templado. Como un niño contempla uno las sombras minúsculas y oscuras que visten la niebla alta de topos danzarines. Topos que caen, caen, lentamente, sin prisa por llegar al suelo, y sólo se descubren blancos en contraste con un fondo oscuro, que desenfocamos adrede con la vista para poder seguir el recorrido de la nieve.

Nieve de Marzo, un insólito paisaje.

Con el televisor encendido en el canal de noticias 24h, se entera uno de las quejas mundanas hacia el fenómeno: carretera cortada, árbol caído, gente no duerme en casa...

Con la ventana encendida en el canal de noticas 24h, la nieve sigue cayendo. Empieza a acumularse en los tejados, las barandas, las ramas de los árboles. En los campos, en los coches, en las aceras. Parece que el mundo se viste hoy de blanco, no marfil, ni beige, ni ese gris sucio de algunas fachadas, sino blanco, un blanco frío y esponjoso.

La nieve sigue y sigue cayendo, impasible, paciente. Uno puede estar loco o estar en lo cierto si al prestar atención a la trayectoria que marcan los copos al caer descubre que bailan un vals, el Vals del Silencio. No es un silencio poético, no es un silencio con ausencia total de sonido, no es un silencio del alma. O a lo mejor es todo eso: un silencio del Tiempo, todo queda inmóvil, y sin embargo, la nieve baila un vals.

Un-dos-tres (cambia de dirección)
Un-dos-tres (vuelve a cambiar)
Un-dos-tres...

Y así, poco a poco, de tres en tres, el tiempo va haciéndose cada vez más lento, hasta que al final se para...

y todo se queda en blanco, como una fotografía navideña capturada en un instante que quiere hacerse eterno. Dejemos que crea tal cosa, no fundamos su esperanza antes de tiempo.

domingo, 8 de noviembre de 2009

Canción del viento furioso o el rastro de la melancolía.





Desde anoche y hasta ahora el viento no ha cesado ahí fuera. El Viento, el mismo que ruge, que silba, que canta y aúlla. Su música no es dócil ni melódica como la de la lluvia, sino visceral, rotunda.

Todo el espectáculo llega amortiguado por el cristal de la ventana, ¡y menos mal! Llega por un lado del valle como una procesión de almas airadas, que arrasan sin piedad en un grito grave, unívoco y terriblemente veloz. Tal grito no cesa, se mantiene en un acorde sostenido por alguna furia remota. Pero no todo es solamente ira y rabia. Algunas almas se han desprendido de la procesión para hacer sonar sus propios instrumentos: el chirrido del hierro torciéndose se lamenta y pide perdón por el horror que se avecina, la cerámica que rueda por un suelo al parecer hueco, y tras un breve silencio, estalla. El bufido tubular de una cañería oxidada, el vibrar nervioso de un alambre tenso, el latigazo rítmico de una cuerda suelta, el aporreo insistente de una madera, ... ¡un sobrecogedor portazo!

Todo eso parece ocurrir fuera, y dentro, en la casa, que es caja resonante de esos y otros sonidos misteriosos, desconocidos, todo parece estar en calma. Es desde esa calma que veo a los árboles bailar una danza que no sigue el compás terrible del vendaval. Las cuerdas blancas y perfectamente paralelas del tendedero se mueven, como pinzadas por dedos invisibles, emitiendo los inaudibles sonidos de un arpa milenaria, entonando una canción que ya conozco. Es el rastro de la melancolía, los restos humeantes de una guerra, la esperanza que nace de un corazón hecho trizas, el resurgir del fénix de entre las cenizas y su canto enérgico a la vida.

De nuevo ni el Otoño ni el Viento han podido prever los resultados de su obra. Los armónicos inesperados de su siniestra sinfonía les han vencido. Y yo, sinceramente, esta vez les doy las gracias.